El gato robot y sus acompañantes
Retomo las andanzas después de un parón dedicado a la utocontemplación de mis partes pudendas y su consiguiente rascado. Advertí de que me iba a Cádiz a conocer a la sureña familia y así lo perpetré. Los asientos enfrentados de RENFE (a unos marqueses jerezanos, en el viaje de vuelta. Todo prototipo de ello. Claro que ellos debieron pensar que éramos unos hippies ajqueroso sin un duro… Y no se equivocaron en absoluto. Eso, sí: ella sabía leer. Él no se manifestó a este respecto) fueron lo único malo del viaje. Nos dejaron un pisito al final de la calle Real, San Fernando, Cádiz y nos agasajaron con bocas de la isla y camarones, dado lo cual pase dos días en el water close, pero eso ya a la vuelta del breve, mas intenso viaje. Nos trataron del copón, y aquí queda el agradecimiento a todos: gracias, familia política. A pesar de tan feo nombre, política, sois lo menos parecido a esa mancha mamomes del Parlamento.
La tía de Guitarrista, hermana de madre de mismo que viste y tañe, es mujer gustosa de coleccionar artefactos varios, ya con forma de peluche, ya con maneras de rastafari. Y me explico. La tía de Guitarrista deja reposar en su sillón a un gato con aspecto de cansado (siendo gaditano se entiende, dicho esto sin pretensión de ofender). A mi los mininos me despiertan respeto: a este nadie podía despertarle pues, aunque su aspecto demostrara lo contrario, estaba muerto. No, no lo habían disecado: nunca estuvo vivo. Era un peluche robótico que, cuando le venía en gana, maullaba y se incorporaba lentamente dada su condición de autómata, proporcionándome uno de los sustos más grandes de mi ya, cada vez, dilatada vida. Los maullidos de gato eran reproducidos inmediatamente por un loro de peluche o vaya usté a saber de qué, con lo que el guirigay que se producía era de órdago ( el ‘animal’ reproducía con la voz de Constantino Romero, tal era su gravedad, cualquier sonido circundante). El periquito, vivo, se unía a la fiesta, tal vez protestón por la abundancia de plástico parlante. El día de nuestra vuelta, descubrimos a un rastafari encima del televisor que, portando un inmenso canuto, bailaba y cantaba algo de Bob Marley. Todo ello aderezado con fotos de la Vírgen del Carmen y la cara de satisfacción de la tía de Guitarrista ante la inmensidad de la apertura bucal de la os escribe. Espectacular. La palabra frikie ha recuperado, por fin, su orígen. Ni figuritas de Han Solo ni ‘¿has visto ‘Arma Fatal’?. La inventora del frikismo en toda su extensión, con todo su sentido y en toda regla, vive en un pueblecito de Cádiz, tiene ochenta y tres años y yo la admiro profundamente, la respeto y quiero ser como ella, si es que llego a sus edades. Antonia: yo te I love you!