Conexión-desconexión

Mi capacidad de desconexión es cada día más brutal.  Los que me conocéis sabréis que no necesito irme un mes a Zambia para descansar ni otro a la India en busca del Chakra perdido. Soy más simple que eso y, por ello, me encuentro henchida de alegría y de alubias mal digeridas, todo hay que decirlo. Conmigo las agencias del viaje se irían al garete de cabeza: si me intentan vender un paquete de esos de ’somos veinticinco, verás que bien vamos a estar hacinados aquí’, huyo; si, por el contrario, me intentan colocar otro, tipo, ‘verás qué bien te va a venir hacer senderismo y aventura tropical’, ya me han visto el pelo; no me gusta la playa, me esguinzo toda en la montaña, no me gustan los planos de las ciudades, me agobian los hoteles, me resultan pesados los desplazamientos, no gusto de pedir créditos para visitar la República Dominicana (es un ejemplo)… Sin embargo, me voy dos días a Zaragoza y resulta que me da tiempo a desconectar de aquí y a volver a conectar con todo lo de allí, que no es poco. No tendré experiencias arrolladoras qué contar, vale, pero ya me inventaré algo para tener idem que narrar, aunque sea de vez en cuando. Sí, puedo vivir sin vacaciones. Sin adrenalina, no, pero, en mi caso, procuro tenerla cerca por si la necesito de vez en cuando. ¡Y vive dios que la encuentro! Todo es tan simple como que, ni más menos, con sus ratos buenos y malos, incluso horribles, te lleves moderadamente bien con la vida que te ha tocado vivir.