Acta diuturna populi Romani

Ayer fue un día extraño. Cancelé una cena en casa (bueno, me la cancelaron) e improvisamos un plan que tenía visos de fracaso desde un principio: disfrazarnos. Ydigo fracaso porque el Carnaval matritense es un cúmulo de despropósitos caros y electrónicos. Caros, porque lo del Círculo de Bellas Artes es inasequible incluso al desaliento y electrónico porque las pretendidas fiestas del Excelentísimo Ayuntamiento de MadriZ se basaban en esos extraños sonidos con los que no comulgo. Total, después de pensarlo cero coma quedamos unos amigos de mi curro que andaban en su casa de mezcales y las tres Marías, esta vez vestidas con trapos (adjuntaré foto en otra ocasión) que hacían las veces de túnicas romanas. Medio rubia era una mezcla de Laura Ingells y Octavia La Menor ( o Si Mayor), Petit Esther parecía más bien un senador travestido de doña Jimena (aunque ese verde de los ojos le quedaba de lo más pintón) y la que os escribe se asemejaba a una esclava venida a menos con ínfulas de Mesalina en horas bajas: un poema… qué digo: una oda… qué digo: una filípica en contra del raciocinio y el rigor histórico.
Hubimos de separarnos del grupo original por no hacerles sentir ridículo y porque an´dabamos necesitadas de cómplices (sólo nos íbamos disfrazadas) y decidimos huir de la zona de Malasaña donde la gente nos miraba como si nos hubiésemos vuelto locas o nos preguntaba que si íbamos disfrazadas (eso es tocar fondo en tanto en cuanto a Carnaval se refiere) y echamos a andar por las calles con la palabra: ‘perdón por estropear el paisaje’ prendida en la frente (en un bar cuasi nos expulsan, ya os lo digo tó).
Pero como si de una peli de James Stewart se tratara, al torcer la calle Galileo, esquina Alberto Aguilera, una cohorte de vampiros, bebés adultos, tunos, griegos, abejas… aparecieron ante nuestros ojos. ‘No estáis solas’, nos dijeron y avanzamos juntos hacia el lugar que nos correspondía: la sala Galileo. Después de pagar la entrada a la fiesta y de pedir el que no sería el último Gin Tonic de la noche, no, nos dispusimos a compartir pista de baile con personas que nos entendían, o no, pero que, al menos, sabían que íbamos de romanas y si no, tenían la decencia de disimular. Conocimos a Julio César y le salvamos de los leones repetidas veces (demasiadas para mi romano gusto), Medio rubia se enfrentó a una especie de especímen que le acarició una nalga (la derecha, creo), compartí barra con Toni Manero, aseos con Donna Summer… En fin: me sentí arropada en mi romanez. Y, desde luego, hoy no es el día en que moriré de malaria: tengo tanta quinina en sangre que sería imposible. Aliquando et insanire iucundum est (de vez en cuando mola hacer el tonto, que decimos los romanos). 



All that Jazz (¿¿??)

El café Central es uno de los reductos del Jazz en Madrid. Un sitio carente de técnico de sonido, con unas grandes columnas que no te dejan ver a no ser que vivas allí desde las siete de la tarde (aprox). Unos camareros atentos,que te cuelan la cuenta de la mesa de al lado, siempre más copiosa, como te descuides. Unos encargados que no hacen excepciones, aunque entres en silla de ruedas (no haber tenido la polio, no te jode) y que dejan fuera a una persona aunque sea pariente cercana de los músicos y vaya a pagar los correspondientes 12 lerus. Un lugar entrañable, con unos precios muy populares (del Partido Popular, quiero decir), donde puedes cenar mientras gritas ‘pásame la sal’ sin que el personal de barra se inmute ni mande callar (mesa en primera fila. Ocho pre-adolescentes cenando con la tarjeta de crédito de papá expulsan humo a los músicos y cenan cual en Nochebuena, ajenas al espectáculo que dan ellas mismas y al otro, el de verdad). Un sitio encantador, donde la bellísima encargada duda de que seas un ente visible y te increpa en medio de una escalera cuando subes a mear, exigiendo que le narres dónde has estado durante el concierto ya que el baño es ’sólo para clientes’. Un garito acogedor en el que, te sientes donde te sientes, molestas a los camareros. Un bar que siempre está abarrotado de gente porque a los madrileños nos gusta, digo yo, que nos jodan nuestras idílicas vidas por eso de que no todo sea felicidad. O lo mismo es que ya me he vuelto loca del todo.

Firmado: varias personas damnificadas, todas ellas, mira tú, por tan insigne cuna de la música matritense.



Yo es que soy huérfana de padres (y otras patadas)

Últimamente ando más escasa de curro (o igual es que me envicié en octubre y ahora cualquier cosa me parece poco) y de moral (eso de no facturar aburre. Bien, lo cierto es que me aburre casi todo en los últimos tiempos. De hecho, espera… Bostezo) por ello ayer decidí suicidarme catódica y espiritualmente y me hice un zapping de no te menees (últimamente me meneo más bien poco o nada) justo cuando acabó ‘House’. El caso es que vi una campaña de la Comunidad de Madrid, creo, en un canal de estos de la Comunidad de Madrid (maldita TDT) con unas faltas de ortografía de las que pegan puñetazos en los oculares (zas, en toda la cara). Ni doy brillo ni esplendor pero, cojones, era una campaña en los coles, coño (un taco bien escrito no ofende tanto como lo que videé ayer). En vez de irme a la cama a leer las cuitas del inspector Wallander (gusto de la novela policíaca. Estoy harta de las pajas de algunos escritores empeñados en describir hasta los pelos de la nariz de sus personajes) seguí gastando las pilas de mando a distancia (Guitarrista estaba tañendo, si no de qué) y acabé con mis maltrechos ojos en un programa de Tele 5 consistente en la introducción de un personaje en una caja con el fin de aliviar, paliar o solucionar sus traumas, pajas, fobias y demás gilipolleces. Ya el programita se las traía por sí solo, pero mi pasmo llegó en el momento en que una de las traumatizadas exclamó: ‘yo es que soy huérfana de padres’ (tú lo que eres es una huérfana de cultura, mona), otra escupió: ‘él me involucró a mi la afición por los toros’ (Olé) y otro ser se quedó tan ancho con esta sentencia: ‘no hemos podido desistir que no ha servido para nada’ (¿perdón?). Por supuesto lo apunté en un periódico que tenía a mano con idea de plasmarlo. Y lo acabo de hacer. Plasmarlo. Zas, en toda la cara.



Conexión-desconexión

Mi capacidad de desconexión es cada día más brutal.  Los que me conocéis sabréis que no necesito irme un mes a Zambia para descansar ni otro a la India en busca del Chakra perdido. Soy más simple que eso y, por ello, me encuentro henchida de alegría y de alubias mal digeridas, todo hay que decirlo. Conmigo las agencias del viaje se irían al garete de cabeza: si me intentan vender un paquete de esos de ’somos veinticinco, verás que bien vamos a estar hacinados aquí’, huyo; si, por el contrario, me intentan colocar otro, tipo, ‘verás qué bien te va a venir hacer senderismo y aventura tropical’, ya me han visto el pelo; no me gusta la playa, me esguinzo toda en la montaña, no me gustan los planos de las ciudades, me agobian los hoteles, me resultan pesados los desplazamientos, no gusto de pedir créditos para visitar la República Dominicana (es un ejemplo)… Sin embargo, me voy dos días a Zaragoza y resulta que me da tiempo a desconectar de aquí y a volver a conectar con todo lo de allí, que no es poco. No tendré experiencias arrolladoras qué contar, vale, pero ya me inventaré algo para tener idem que narrar, aunque sea de vez en cuando. Sí, puedo vivir sin vacaciones. Sin adrenalina, no, pero, en mi caso, procuro tenerla cerca por si la necesito de vez en cuando. ¡Y vive dios que la encuentro! Todo es tan simple como que, ni más menos, con sus ratos buenos y malos, incluso horribles, te lleves moderadamente bien con la vida que te ha tocado vivir.