Un broche no es un derroche
Madame y Petite Esther se han embarcado en la aventura empresarial más ruinosa de su vida: un puestecillo de broches handmade en un mercadillo navideño de artesanía. La idea fue del Hada, la que arrastra los pies en la blogosfera, que hace unas cosas con fimo que te quedas a colores. Nosotras hacemos lo que podemos.
Ayer desembarcamos con nuestros cachibaches en el mercado a eso de las doce. La idea era montar y ya. Los cojones treinta y tres. Hada tenía asuntos que atender y nos quedamos al mando de nuestro mini puesto, el suyo y el de Sulay, una cubana que hace unas cosas impresionantes. Somos cinco puestos, idem (puestos, o sea idem de idem) en círculo. A las dos salimos a comer mientras Sulay ponía sus precios. Nos metimos en una tasca regentada por chinas. Nos comimos una cosa parecida a una tortilla y volvimos, entre la leve nieve que caía, al puesto. Como este fin de semana hemos pernoctado en la rural casa de paternos, ya veníamos con cierto moquillo susceptible de convertirse en trancazo y ayer, entre la calefacción del centro comercial y el hilo musical, la que os escribe ha desarrollado un constipado de aupa Atlheti. Oé.
La cosa es que hay que ir cuidando del puesto de los compañeros. Hubo un momento en que nadie se encontraba en su puesto (en sus dos acepciones) y Petite y yo parecíamos vigilantes juradas o sea miembras de seguridad. El centro estaba desierto, el sol besaba tu piel, tarirotariroro, para ti María Isabel. Total, que salvo un chico guapísimo que nos compró un broche, estuvimos siete horas charlando con los juretas, los artesanos, las paredes, los extintores, las salidas de emergencia… Hasta que llegó el Hada y nos largamos a cenar algo. El jueves retornaremos, y el viernes, y el sábado… Y la semana que viene. Mejor vendiendo que delinquiendo…