No lo ví

Lo juro. No sé cómo pasó, pero de repente noté que mi frente había chocado contra algo duro. Y sé que era mi frente porque sonó a hueco. Un silencio precedió al susto/cachondeo general. Y yo, como si nada. Haciéndome la fuerte. Como con los deditos anclados en la puerta del garito (por cierto, he perdido sensibilidad en uno de ellos). Y que no quería ponerme hielo, que no, que yo soy Espartana, Viriatana, Agustina… Un compedio de héroes muertos. Y ellos que sí, que te lo pongas. Y La petitte Esther que te sangra, tía, que te sangra. Y tampoco me sangraba, oigan, pero el chichón iba en aumento, así que me metí el heroísmo por donde me cupo y me coloqué una especie de almohada helada y me tragué una cosa que nunca había tomado antes pero que me hizo mucho bien. Y me bebí dos Gin Tonics, que, al menos, disfrazaron la sensación de perpetuo ridículo que tengo siempre al volver al hogar. Lo más triste es que después me volví a dar… en el mismo sitio. Conclusión y consulta: ¿cuándo se bajan los chichones? Es que mañana tengo un bolo…



Yo te vi a desir mi verdá

Tramúndida es un país raro. Podía ser cualquier otra cosa, pero se quedó en raro. Sus habitantes son seres malhumorados y extraños. No son mala gente, sólo son…raros. Y no son mala gente porque no hacen las cosas aposta para molestar a los demás, simplemente no pueden evitarlo… ¿O, sí pueden y no quieren?

Una de las cosas que les hace ser tan raros es que en vez de hablar, escupen palabras. No son líquidas, como la saliva, no, son sólo palabras que, si te dan en la cara, pueden llegar a hacerte daño.

Nadie quiere hacer turismo en Tramúndida, claro. ¿A quién le gusta que le escupan de repente: “¿te has fijado en el horrible aspecto que tiene tu cara hoy?” Y es que, aparte de escupir palabras, los tramúndidos creen que dicen siempre la verdad, aunque no venga a cuento, la verdad más absoluta, sin tapujos, sin adornos: “Sí, tienes un aspecto horrible”. Pero…¿quién les ha preguntado?

Eso sí, cuando la verdad es agradable, no te la dicen. Sólo se fijan en las cosas negativas… ¡Son muy raros!


 

Un buen día, apareció por la ciudad un explorador. Andaba por ahí, de ciudad en ciudad, explorando. Caminaba por las calles, cuando se paró a preguntar a uno de los tramúndidos dónde podía buscar una posada para pasar la noche y explorar algo al día siguiente.

-          Buenas, ¿sabría usted de algún sitio para pasar la noche?

-         ¿Para qué quiere usted pasar la noche aquí?

-          Pues…para explorar por la mañana.

-          Pues, déjeme decirle, que no tiene usted pinta de explorador ni de nada. Es más, parece usted de esos tipos que se dedican a vaguear. ¿No se le ha ocurrido dedicarse a algo más productivo? ¡Además, su aspecto es horrible!

Las palabras del tramúndido golpeaban la cara del explorador sin piedad.

-          Oiga- dijo el muchacho - ¿le he ofendido yo a usted?

-          No, por supuesto, que no. ¿por qué lo dice?

-          Porque me está usted insultando, caballero.

-          ¿Yo? No, sólo le estoy diciendo la verdad.

-          Más bien me la está escupiendo, ¿no cree?

-          No soy consciente de ello. ¡Hasta luego! ¡Y cambie de sastre… por respeto a la humanidad!

El explorador no salía de su asombro. ¿Por qué se comportaban de esa manera?…



El sueño de la razón produce monstruos

Acabo de coger un taxi que me ha traido a casa. Es pronto para mis costumbres y ni siquiera estoy borracha. Acabo de abandonar una reunión sin dar explicaciones o, al menos, las que he dado no son ciertas. He abandonado una reunión que me apetecía, de hecho me he tomado un café y teniendo en cuenta que en mi caso Morfeo pierde todas las bazas ante la cafeína es un dato a tener en cuenta, porque se ha tocado un tema que últimamente me afecta mucho. Siempre he presumido de tener una gran imaginación, sigo sobreviviendo por su culpa, bendita culpa, pero últimamente me encuentro en un estado terrible, estúpidamente lúcido. Sé lo que quiero hacer, pero lo que quiero hacer hace daño. No sé si a mí, no sé si al resto. Supongo que pensamos que nuestros actos producen dolor, sin darnos cuenta de que no somos tan importantes como para eso. Soy intolerante, cada vez más, cada vez con más cosas. Paterno me programó para ser así. Ni siquiera soy original, porque no hay nada original. Ni siquiera él tiene la culpa. No voy a escudarme en eso. Pero voy a contaros una historia. Es corta. Tranquilos. Los traumas a los psicólogos, no a los amigos. Los amigos siempre nos dicen lo que queremos oír. No son objetivos. Los psicólogos tampoco: los pagamos para que nos digan algo diferente. Nos creemos lo que nos interesa. Ea, la historia. Siempre me inculcaron, vaya mierda de historia, es personal… Bueno, como todas… Siempre me inculcaron la necesidad de ser distinta al resto. Inteligente, culta… Lo del físico lo dejaron por imposible, lógico… sé distinta, pero no te escapes del redil: el redil te hace sentirte segura. Me mientieron. Vé a un cole de monjas, sé espiritual, sé distinta… Pero no te vayas. Vale, lo seré. Pasó el tiempo y me dí cuenta de cosas. Me empapé. Primero de la espiritualidad, y fue fácil, muy fácil. Luego intenté desmarcarme, nunca sola, y conocí a mi mitad. Y eso me enseñó a pensar, sin que nadie me cortara las alas. Odio que me las corten… Aburrido, muy aburrido… Lo sé… son las dos y diez de la mañana y nadie me ha jodido un concierto… ¿Que queréis? … Total: ahora que creo que sé pensar, echo de menos esa parte inocente y nada lúcida que me hacía tirar para adelante. Supongo que estoy a medio camino entre una cosa y otra, pero no soporto que me interrumpan en el proceso. Por eso me voy de las reuniones… Por eso no quiero que nadie interfiera en mi proceso que, para mí, torpe, es complicado. Estoy en medio de una reacción química, pero de esas que no le sirven más que a uno mismo, y puedo explotar en cualquier momento. Pocos ensayos aún, me temo. Lo que quiero ser no es del agrado de todos, igual ni del mío, pero estoy experimentando y quiero que me lo permitan. Sin ánimo de molestar… necesito tiempo… mucho tiempo…



¡Pá qué saldré!

Últimamente practico el berbercio at home, que ye barato y no hay que hacer cola en el baño, pero hete aquí que el domingo se me lió el asunto y los de Mahou me han hecho accionista, por fin, de su marca. Ayer me acordé de ellos y de sus maternas cuando abrí el ojo y luego lo de siempre: mentar a Alan Poe y gritar never more con las pocas fuerzas que haya. Tenía yo dispuesto un lunes casero cual bizcocho cuando recordé que Guitarrista tañía en un garito junto a Bajista y Baterista, que ha cambiado la formación, y como sólo les había videado una vez me puse la resaca por montera (bueno, y una falda, claro) y me dirigí al concierto que se desarrollaba a una hora normal para un lunes: las doce.

Nada más llegar me puse el chip Pipa y les ayudé a cargar como una mujer moderna que soy y bastante más débil físicamente de lo que reconoceré nunca, con lo que me pillé los dedos de la mano derecha con una puerta de acero inoxidable e inexorable que me dejó los digitales cual morcilla de Burgos y una lágrima, la de la dignidad, que nunca llegó a caer, descolocándome el rimmel. Dos cervezas mas tarde y un vaso con hielo haciendo las veces de médico de urgencia, comenzó la temida tañida dado el aspecto del antrazo pretendidamente de Jazz.

Al principio éramos pocos y nos llevábamos bien, pero según empezó a entrar la peña nos incorporamos a un ‘lo de siempre’ que ya sabéis que consiste en peña pagando copas y cervezas a un precio excesivo (se suponía que era porque no había entrada, craso error, pero no, es que el antrazo ye asi: caro) y hablando de cosas super interesantes y que no pueden esperar, todo en primera fila de escenario, muy cerquita de esos infelices que están… ¿tocando?

Si yo tengo ganas de charlar quedo en el bar más barato de mi barrio, a ser posible con Telemadrid en la pantalla para evitar distracciones y suelto el rollo sin joder a nadie más que a mi interlocutor, no me voy al garito más cerdo y caro del Foro a molestar. A no ser que tenga a sustancia gris de una hormiga culona y no caiga en el detalle de que mi ignorancia, atrevida y parlante, puede ser molesta para otras personas. O lo mismo soy un psicópata musical y me pone lo de reventar conciertos, pero, claro, para eso hay que saber beber y pronunciar sin que se te caiga la baba y digamos que ayer nadé en saliva.

A todo esto, los camareros no podian ser más desagradables pues ellos mismo propiciaban con sus gritos el alboroto general. Cuando quedaban dos temas para acabar ese sindiós, entran unos pretendidos amigos de uno de los músicos que entre que saludan al personal, se piden una copa, dejan los abrigos… se encuentran con que el conciertos ha terminado y quieren bises. Angelitos. Han llegado tarde, pero exigen bises. Y esos eran los inteligentes de la velada, ¿saben? Los de los bises de los cojones.

Lo dicho: alcoholismo en casa, que pá la crisis viene de perlas y el hígado ya no dice ni mu y mi desprecio más absoluto al personal de ayer. No lo sabéis, personas que estuvísteis ayer jodiéndome el concierto, pero me estoy concentrando mucho para que os salgan almorranas… ¿Os pica? Pues a rascarse, que yo me hice sangre ayer… ¡GILIPOLLAS!



Las vueltas que da la vida… ¡Ay, dios!

Si ayer tenía un agobio supino por el derroche, casi inmoral dado los tiempos que corren, de trabajo, hoy me encuentro con que lo mismo me quedo en la puta rúe en breve. Bueno, no es así la cosa: me quedaría tal y como estaba hace unos meses. Y es que esto es todo o nada. No hay término medio por mucho que se le ponga en las gónadas a Aristóteles que bien podría meterse su virtud por el mismísimo recto. Nunca me he acercado a la medianía, sí a la vulgaridad, y sólo sé ver la vida desde los extremos. Por alguna extraña razón voy de un lado a otro con la consiguiente hostia que supone el volar de un extremo a otro sin parar a repostar en el camino. No sé qué se siente cuando uno tiene estabilidad y aunque hay más lágrimas por las plegarias atendidas que por las desatendidas, y lo sé, continúo quejándome, unas veces por la carestía otras por la escasez. Y aunque me van los retos, reconozco estar un poco cansada de tanta vuelta de tuerca. Claro que tampoco me veo yo fichando, metida en un cubículo y cuidando que no se me vea el barrio. Pero esto de levantarte cruzando los dedos… Ya está: me los voy a pegar con Loctite…



Aburrimiento y sopor

Me aburro. ¿Por qué me esté tocando las gónadas? No. Por todo lo contrario. Porque no me las puedo tocar. ¿Y si me las pudiera tocar? Me aburriría también. Me aburre la crisis, me aburre el estrés, me aburro a mi misma, me aburro fuera, me aburro dentro… ¿Cómo hacéis para no aburriros? Yo tenía aficiones, pero me cansé de ellas. Me aburrí. Mirando a los peces de la pecera de un amigo, me preguntaba cómo no se aburrian. Al rato, me aburrí de mirar y seguí pensando en los peces. Claro, como tienen memoria de pez, pues no se acuerdan de si se aburren o no. No sé yo si querría esa memoria. Mi memoria es muy extensa, como una CPU gigante llena de cosas, unas útiles, otras no, la mayoría aburridas… Y recuerdo constantemente que me aburro. Eso sí, puedo currar, tomarme una cerveza, charlar… y ser consciente de mi aburrimiento. A lo mejor me falta alguna vitamina… ¿Os imaginais que me voy de vacaciones y me aburro? Por eso prefiero no meneallo, porque espero que este aburrimiento pegajoso sea pasajero. Ya cuando vea que me divierto mucho con cualquier cosa, ya me iré… ¡Ilusa!