No creo en Dios

Pues sí, no creo en dios (lo voy a poner con minúscula, si no os importa, aunque muchos años de cole de monjas y curas pesan hasta en la gramática y la ortografía). El otro día tuvimos una discusión cordial con Paterno (fuímos a hacerle una visita a su hermosa morada rural, reducto cultural de la Moraña, oasis de paz y de  gatos y libros) y dejamos clarito lo que pensamos cada uno: yo es que soy atea, padre. Lamento lo de la pasta que te dejaste en el cole curas. Si así lo deseas pido un crédito y te la devuelvo en cómodos plazos. Y Paterno, que es muy paternal, me dijo que me metiera la pasta en el orto mismamente y me confesó algo que yo ya sospechaba: que él no sabía muy bien en qué coño creía. Materna marchó rauda a la cocina a preparar unas carrilleras, que dios anda en los pucheros cual Arguiñano, y no lo digo yo, que lo dice la santa yonki abulense, sí, la de las yemas, la que levitaba cual Cofferfield. Sí: la que también tenía truco. Y de ahí pasamos a Punset, y que si la neurona por aquí y la hormona por allá. Y Materna con sus carrilleras y su retranca, que me conoce bien porque me ha tenido en su seno hasta los 24 (digo seno por casa). Todo vino a raíz de que sus nuevos vecinos son testigos de Jehová. Sus ninios andan por la casa como Pedro por su idem y se tienen que ir en seguida porque han de acudir a una reunión. Y yo me enfado, claro, y quiero hacerles proselitismo ateo, pero Paternos me dicen que de eso nada, que en Madrid haga lo que me salga, pero que en el reducto rural me comporte. Y yo les digo que vale, pero que como se hagan testigos de lo que sea me voy a enfadar mucho, y Materna vuelve a las carrilladas riéndose y Paterno se relame intuyendo una conversación agitada, que es que le gusta discutir.

Encontré, gracias a Guitarrista, una página en Internet titulada www.sindioses.org. Os recomiendo la sección: cartas desde la Edad Media, si es que queréis entrar. Yo no obligo a nadie. Recordad: no creo en dios. Las traducciones son malillas, pero hace mucho tiempo que no me reía tanto (joder, qué vida más triste la mía). Que digo yo que si dios reparte el don de la fe tan al azar (eso me decían las sores) para justificar que siempre pusiera cara de “yo es que no me creo nada, Sor”, a mí, desde luego, me expulsó del reparto. Excluída, pues, de la gracia eterna (o sea, partirse el pecho hasta el día del juicio final) me encuentro haciéndome preguntas sobre lo divino y lo humano. Y siempre llego a la misma conclusión: “yo es que no me creo nada, Sor”. De todos modos, y salvo el proselitismo feroz que vivimos por parte de la santa madre iglesia (será tu madre, la mía se llama Carmen y, efectivamente, es una santa, pero por otros motivos nada ingrávidos) me parezco en algo a los creyentes: no robo, no mato, honro a Paternos y sí, como los creyentes, me empalmo con el vecino de enfrente, codicio tus bienes, pero con sana envidia, aunque no te los robo, pago las cañas, quiero a mis amigos, odio a mis enemigos, pero no los mato, y mantengo mis mejillas a salvo para no tener que exponer la otra cuando me tocas los ovarios. Sólo que lo hago porque me sale del sentido común, ese que me dice: “yo es que no me creo nada, Sor”. Por todo ello, os pido, creyentes que leéis este espacio, que me permitáis expresarme individualmente, no en las plazas de las capitales, no montando numeritos, para que pueda decir, sin tener que esconder la cara, que no necesito ningún dios que me dicte cosas que ya me dicta mi cerebro (es muy dictón, el tío). Y que sí, que ya sé que no todos sois así, y que los Teólogos de la Liberación, y que los cristianos de base, que sí, que vale, que muy bien, pero, lo siento: “yo es que no me creo nada, Sor”.