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No es cierto que un baño con sales acabe con las contracturas causadas por unos zapatos de tacón. Tampoco es verdad que reactive la circulación sanguínea y mucho menos que quite la resaca provocada por la ingesta de varias botellas de Rioja y seis o siete copas. Es un mito que bailar adelgaza y hacerlo durante cinco horas seguidas no puede ser bueno. Es una leyenda que las novias no se diviertan en su propia boda, y al novio lo puede subir al Ayuntamiento una de las mejores amigas de la novia mientras le grita que por qué carajo no se pone la florecilla que con tanto amor le ha entregado su futura esposa (no se la puso). La boda ha acabado…y lo hará conmigo. Me duelen hasta las pestañas, pero he de reconocer que una vez puesta en situación soy la alegría de la murciana huerta.
A las tres y media Bego no había aparecido, así que la maquiladora estuvo a punto de echarle pote hasta al padrino. A las cuatro y cuarto nos percatamos de que un tocado con pluma y unos vaqueros no son la combinación perfecta. A las cinco se arregló la cosa y Bego ya parecía una novia. A las cinco y media fuimos a buscar al novio al hotel (la mulata, el fotógrafo y la menda), le hicimos el nudo de la corbata y nos reimos del matrimonio y de él. A las seis menos cuarto subimos, cuesta arriba, el novio y yo en busca del Ayuntamiento. A las seis y cuarto estaban casados. De esa hora hasta las ocho cañas de España. A las ocho cóctel y langostinos. A las nueve cena y vino, mucho vino. A las once…baile, mucho baile. A las tres yo ya ni sabía cómo me llamaba. A las cuatro y cuarto me metieron en un coche. A las cinco me desmayé en la cama. Lo que no logro entender es cómo me hice el moratón de la pierna…