Moralejas
<>Había una vez una hormiguita que no paraba de currar para recolectar grano para el invierno. Su vecina, una cigarra macarra pero simpaticota, se pasaba todo el verano tocándose los huevos y disfrutando de la vida. Llegó el invierno y la hormiguita se puso hasta el quico de grano pero, claro, se aburría mogollón, aunque su pisito tenía calefacción central. La cigarra conoció a una peña muy macarra y simpaticota que pasaba los inviernos en Cádiz tocándose los huevos al sol. Comían lo que podían, fumaban lo que pillaban y se reían una jartá. No tenían calefacción central pero habían descubierto que tampoco la necesitaban. Pasó un tiempo y la cigarra macarra volvió a su hogar. ¡Qué morena, tía!, le dijo la hormiga…¡Yo quiero! Y se cambiaron sus vidas por un mes. La cigarra flipó. Sí, tenía que madrugar, pero por la tarde se dedicaba a tocarse los huevos y reirse con los de Cádiz (vale, los metió a todos en la keli, pero no rompieron nada) . La hormiga también flipó…las dos primeras semanas. Enseguida empezó a echar en falta la calefacción, la Play y la nevera. Se había acostumbrado a su rutina, no soportaba tener que buscarse la vida a corto plazo, pero, sobre todo, no podía soportar que a la hormiga no le fuera del todo mal sin apenas currar, mientras ella se partía el espinazo. Lo que no sabía es que la cigarra había tomado un camino no exento de peligros: no tenía un futuro claro, a veces no había pá comer… pero sabía cuál era el precio y lo pagaba más o menos a gusto. Y se reía, sí, porque se había dado cuenta que de que esta vida no es tan seria como te la venden. La hormiga se acaba de jubilar y tiene una buena pensión. La cigarra malvive como puede, aunque nunca falta pá comer y, como se ha acostumbrado a todo, cuando las cosas vienen bien las disfruta a tope y cuando vienen mal tampoco se agobia porque sabe que su estrellita del culo le da pá vivir… y pá echarse unas risas.
A mí las moralejas me tocan los huevos. No soy cristiana y no sé qué carajo hago aquí, yo no pedí venir, me trajeron los paternos, como a todos. No me molan las envidias, no quiero lo vuestro, quiero lo que tenga que venir, no sé cuánto tiempo voy a estar aquí, no deseo molestaros, deseo que os vaya bien. Me gustaría no tomarme tan en serio, mi casa tiene cucarachas y se cae a cachos, no voy tan a mi bola, si me necesitáis ya sabéis donde estoy (aunque, a los mejor, en ese momento no estoy en casa. No, no soy la samaritana del testamento). No me gusta lo que me venden así que, con vuestro permiso, no lo compro.
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