Tortura

Durante el medievo, aledaños y, en España, durante casi cuarenta años, unos personajes ávidos de sangre y cierto poder momentáneo se dedicaban a disfrutar de su profesión haciendo lo que más les gustaba: torturar (aunque Berlanga no esté del todo de acuerdo, pero eso es otro cantar del mío verdugo). La Dama de Hierro, esa máscara de cuerpo entero o sólo careto, encargada de dejarte guapo o guapa a base de pinchos situados estratégicamente en lugares corporales que no causaban la muerte una vez horadados, aunque sí mucha pupa; desmembración, séase, acabar con un brazo en Sevilla y una pierna en Salamanca; la picana argentina, o cómo Edison se hubiera pillado más de un mosqueo al ver en qué manos acabó su invento; ‘a palo seco’, o sea, molerte a palos; manicura por extracción; latigazos; sentarte en unos pinchos, no porque seas un fakir o pienses que eso te va a sanar el sexto Chakra girando a la derecha; emparedamiento… en fin, que empiezo a salivar y tampoco es plan de que se me note mucho que soy una sádica de mierda. Pues, bien, si a aquellos adalides de la casquería nunca jamás se les ocurrió poner a la gente unos hierros en los dientes, pegárselos con cemento (los hierros, no los dientes, aunque ya puestos…), introducir un arco metálico por cada uno de ellos (de los hierros, no de los dientes, aunque tú dales ideas…) para, después, apretar y apretar hasta oír ‘crack’… ¿Por qué yo tengo que aguantar dos años esta puta tortura?



Noe

Cuando te conocí era una cosita cianótica, toda azul, pequeña, desprotegida. La gente te miraba porque tus dedos eran distintos, tus ojos azules, tu pelo rubio, tu corazón azul. Nadie te daba esperanza y tú las sacaste de donde nadie se atrevió nunca a entrar: del dolor, de la paciencia, de la enfermedad… Me fui pa ti porque siempre me atrajo lo distinto, y tú eras azul. Probé tus medicinas para que las tomaras sin rechistar y como soy egoísta y estaban ricas, hacía que lo hacía por ti, pero lo hacía por mi y por todos mis compañeros que abrían la boca y sacaban la lengua para recibir esas gotas rojas que sabían a fresa. Luego llegó ese corsé que te aprisionaba todo menos la risa. A la niñez viruelas, y tuviste que aguantar la rigidez, como una Frida castellana, enorme, amarga, plana, llena, plena de enfermedad, libre de llanto, walquiria y adalid de la paciencia, que no de la resignación, azul, seguías siendo azul, pero qué hermoso azul. Después te abrieron en dos, te numeraron la columna, nos reimos de los números que te identificaban, vértebra a vértebra, y empezaste a caminar, más erguida, menos azul, más mujer. Saliste de esa y le plantaste cara a la hija de puta que amenzaba con llevarte. Quince años de azul dieron paso al rosa. Mujer rosa de rubio pelo y ojos azules. Guardaste un trozo de azul en tu mirada. Y seguiste viviendo con la misma fuerza. Hacíamos que estudiábamos mientras veíamos series absurdas y nos reíamos de casi todo. Tu hermano tocaba ‘El piano’ en el piano y yo te echaba la bronca porque no querías tocar mejor. ¡Toca mejor que tu hermano! ¿Para qué? Tu corazón no quería tocar pero conseguiste que lo hiciera. Unos amasijos negros, acompasados, te volvieron a dar la vida. La sangre fea, la mala, la azul quería invadirte pero unos médicos dijeron que no, que la niña azul iba a tocar el piano como Dios manda. Y ese artefacto que hacía que nos diera la risa te empezó a acompañar. Sabías qué móvil iba a sonar antes de que lo hiciera, adivina de mensajes y llamadas de amor y de angustia. Me alejé de ti porque pensé que en sus manos estabas bien, porque alguien te quería, porque eras más rosa que nunca. Viajé contigo en nuestro último viaje juntas en aquel tren que me devolvía a la vida. Fue la providencia la que nos volvió  juntar. Luego fue la música. ¿Sabes? Me acordaba de ti siempre que presentía un móvil y sonaba. Pensaba yo, sin artefacto, que era adivina, como tú, adivina de llamadas de amor o de odio, de mera información o de muerte.

Hoy me han llamado para decirme que ya eres mar, azul océano, que se acabó la lucha, que ese corazón que estaba cansado, pero pletórico, desde hace ya treinta y seis años se acaba de parar, que ese artefacto que te dio la vida ya no pudo más. Y te imagino de azul, ojos azules, tranquila, serena, en una caja azul bajo el azul plomizo, seco, terrible del cielo castellano, escuchando los móviles sonar, en medio de un responso que algunos consideran sanador, vaticinando una llamada de consuelo.



¿Renaciendo?

Ya han pasado las Entrañables, no me he gastado prácticamente ni un leru (no me da la gana), no he salido mucho de casa (idem…lo de la gana digo) y he dicho ’sí a casi todo’ porque no me han propuesto casi nada (¡bien!). El proceso va en marcha: me he aburrido tanto a mi misma que estoy dispuesta a renacer, o eso creo, o eso pretendo. Tampoco tengo prisa, el mundo siempre espera, todo suele seguir igual más allá de los procesos interiores de cada uno, así que no voy a correr una San Silvestre atrasada porque no me da la gana. La parte indómita de mi parece que quiere salir y como ya soy viejuna y no es la primera vez que me pasa, voy a dejar que vuele pero con ciertas restricciones porque si le doy rienda suelta a lo mejor mando a tomar por culo más cosas de las que debiera. Que ya me ha pasao antes y, mira tú, algo se aprende con los años. O eso dicen. Por lo demás, y volviendo a la vetustez, si es que el palabro existe, me duelen los huesos por la humedad y tengo sueño atrasado (como siempre). Cuando se me sequen volveré a la carga. La carga… ¡qué pesadas suelen ser las cargas!



Sí a todo (un momento de descanso)

Que me dices que las cosas son así: sí a todo, que no estoy de acuerdo ni en una palabra de lo que me cuentas: sí a todo, que me molesta lo que acabas de hacer: sí a todo, que llega la putita Navidad: sí a todo, que el curro no llega: sí a todo, que me aburro como una ostra: sí a todo, que el plan no me apetece: sí a todo, que quieres discutir: sí a todo, que no quieres discutir: sí a todo, que siempre lo mismo: sí a todo, que ahora es tiempo de morderse la lengua: sí a todo, que ya no es tiempo: sí a todo, que te la pela que me la pele: sí a todo, que no te la pela que me la pele: sí a todo… Unos días de relax para mi cerebro vienen bien antes de empezar a decir alto y claro que no, que no a casi todo.



Esto es claramente falta de fe…

Cuando piensas que tu odio a la humanidad ha llegado a su límite, llega un gilipollas  y te abre la buhardilla.

Madame M



Bionegocio

Lo volví a hacer, piqué de nuevo, me autoengañé, donde dije digo digo ‘bueno, venga, voy’… y volví a decir lo mismo que suelo decir cada vez que salgo exclamando, a gritos, odas improvisadas al glutamato. ¡Bajen la calefacción, coño, así ahorraremos energía y euros al no tener que depositar el abrigo en el guardaropa! No, no, esas gafas no pueden devolver la vista por mucho que se empeñen (Guitarrista hizo mofa del asunto gritando: ‘veo, veo’ mientras la estafadora le clavaba sus propios oculares, sanos, espero, por el bien del negocio, más que nada). ¿Por qué este incienso es ecológico y más caro que el que compro en el bazar si parece el mismo, huele al mismo, su caja es la misma? ¿Por qué? Mira, mira a los biológicos/ecológicos en cautividad… ¡Son iguales los unos a los otros! ¡Y llevan un carro ecológico para hacer la compra!… ¡Ah, que son funcionarios! Bueno, vale. Pueden pagar estas cosas tan desorbitadas. No, no quiero tofu… ¿No tiene jamón? Es que he pagado seis leus y tengo hambre… ¡Ah, que ayune! Claro, perdone, se me olvidó donde estaba. Usted me disculpe. No, gracias, no quiero algas, no me gustan. No. ¡Qué no, coño! Anda, biodanza en la sala dos… ¿Que me quite los calcetines? Que no, que yo vengo de miranda… ¡Ah, que es interactivo! No, gracias, dejé la danza hace ya… ¡que no! ¡que le he dicho que no! ¡A LA MIERDA!

 

No vuelvo más a Biocultura. Lo juro.



Mentiras y gordas

Me gusta la literatura y suelo echar unas lagrimitas siempre que veo ‘Big Bish’. Me leí el Quijote obligada por Paterno a la tierna edad de 12 añitos (abreviado, sí, pero con sus molinos, su Marcela, su bálsamo y demás avíos), incluso lagrimeo cuando Leonardo pasa a mejor vida en medio el Atlántico. Voy a Museos (antes iba más) y disfruto de una buena conversación con gente sensible (si hay Ribera por medio, disfruto más aún). Me arranco los padrastros y me arranco el pelo desde pequeñita (los nervios, ¿saben?) pero mas allá de eso no me suelo automutilar (no soy un personaje de Lars Von Trier). Sé decir cosas, a veces, mínimamente inteligibles y, aunque me cargue un poco, leo a Benedetti y a Machado (sobre todo a éste último).

También me gustan los zombies. Mucho. Y las pelis en las que sale mucha sangre, aunque luego no soporto las agujas ni en mi, ni en el Vaquilla ni en, por ejemplo, tu brazo. Pero en las pelis, sí. Y me encanta explorar la mente perversa de los guionistas y me gustaría ser tan cabronaza como algunos de ellos. Y no me importa que salga un brazo volando o una sierra eléctrica rebane una pantorrilla. No. Es más, me mola, me pone, me da gustirrinín, cosica… Pero luego me asusto con la niña  del exorcista o con Samara, que mira que es mala malísima… Como la peli de Ángeles González Sinde (no, no pagué por ella) llamada ‘Mentiras y Gordas’, destinada al público adolescente (sí, a veces pienso que tengo quince años…¡ay!) y cuya frase más memorable es : ‘méteme los dedos, chúpame las tetas’, y donde la juventud se mete rayas everytime, pero every, every mientras follan en el baño del bar (sí, a la vez… inquietante, ¿verdad?). Pero va la Sinde, guionista de esta maravilla cinematográfica y dice que Saw IV es ‘X’ y que si queremos verla, bastardos enfermos, que es que somos lo peor, psicópatas en potencia, que vayamos a un cine ‘X’ todos juntos y a ver si con un poco de suerte nos prenden fuego. Señora mía: el gore es irreal. Lo suyo, realmente, es estúpido.



Paletos ignorantes

Me habéis llamado puta, asesina de niños, me habéis matado en nombre de dios cien mil veces, habéis quemado los libros que me gustaría leer, me habéis cosificado conviertiéndome en la esclava de mi marido, siendo servil, analfabeta, humillada y casta, madre de los hijos que dios quiera que para aunque no tenga para mantenerlos, objeto de burlas a causa de un pensamiento propio, zorra blasfema, mujer marcada por culpa de un pecado de mentira, impura, objeto, atea, bruja…

No he visto ‘Ágora’, aún, pero ya he leido/sufrido las reacciones de los de siempre (nada cinematográficas) y aunque no me gusta creer sin ver (¡coño, como Pablete!) y, sí, soy puta (¡coño, como la Magda!) digo, y me vais a permitir que sea desde la ignorancia (¡coño, como ellos!) que todos los católicos de misa y escapulario, rancios, obtusos, oscuros, cerrados, brunos y horribles sois unos paletos ignorantes.

Creo, sólo creo, que con esto finiquito mis terapeúticos (para mi) post de protesta.  Creo, digo, y como creencia que es, y no facto demostrable, también es cambiante. Aviso.



Pasar por el aro

Ser Quijote o ser Sancho. Acabar en el frenopático o pasar por la vida de escudero de los pirados. O, peor, pasar la vida de escudero de los escuderos. Eres una impulsiva, te salen granos en la piel, no paras de contradecirte, donde dices ‘Digo’ acabas de decir ‘Diego’, eres una radical de mierda, te va a salir una úlcera de estómago, eso que ves, querida Madame, no son gigantes, son simples molinos castellanos, de los de toda la vida… Pasa por el aro, pasa por el aro, pasa por el aro. Aquí te esperamos llenos de risas. Que la vida son dos días. Abre la botella. Olvida. Pasa por el aro. Dios no existe: relájate. No luches contra la sociedad aunque apeste. Ponte tu mejor perfume, entra en una Iglesia, no dejes en evidencia a los escuderos, no tienes derecho a hacerlo. Guarda la tripa para los chorizos. Brindemos porque somos gente feliz. No nos amargues la vida con tus estupideces, con tu mal humor, con tus salidas de tono. Bébete la horchata que hay en tus venas. Trago a trago: tranquila, es sustituible. La sangre no, así que guárdala para ti. Pasa por el aro. Te estamos esperando.



Favores

¿Hay algo peor que deber un favor? Sí, que alguien piense que te lo debe y se dedique a intentar pagártelo a dosis lentas, pequeñas y acompañadas de su compañía. Cómo no me vas a escuchar si una vez me hiciste un favor enorme, cómo es que ya no me quieres si un día me hiciste un regalo de la hostia, cómo es posible que no quieras tomar un café en mi compañia si un día dejaste un plan a un lado para escuchar mis cuitas, cómo es que ahora pones mala cara cuando me ves si un día me dijiste que te alegrabas de que fuésemos amigos… ¡Porque realmente no te conocía, coño!