La terraza de la Pepa

Cuando el hastío parecía cubrime con un manto oleoso, aparecí en la terraza de la Pepa. El primer día me acompañaron una Maga y un pulpo engañoso, de suaves tentáculos y fondo aburrido. Unos gin tonics de nombre raro, y una última que nos supo a gloria. El calor aumentaba y el sueño, el de verdad, no el poético, se me fue a tomar por culo. Benedetti se revolvió en la tumba varias veces y descubrimos que tililar es un verbo de lo más cursi. ¡Abajo la prosa, viva lo prosaico! El finde prometía. El segundo día evitamos al pulpo y nos lo comimos a la gallega, por lo que se fue a la francesa y nos quedamos como las reinas de España (EJ-PA-ÑA). Un tío subido a una biclicleta, y con problemas con la cocaína, intentó ponernos dolor de cabeza, pero lo prosaico del día anterior, animalico, podía con cualquier dolor y puestas hasta el culo de ibuprofeno acabamos en la terraza de la Pepa buscando más mitos que bajar del pedestal. Ese día tampoco dormí. El cierzo existe, como Teruel (Bellosta y Merche son una buena prueba de ello) pero no apareció en todo el fin de semana. El tercer día no teníamos nada de divino y sí de divinas. Benedetti se había dado de cabezazos y por vencido, criaturica. Las estrellas no tililaban, sólo estaban donde deben estar, en el cielo, haciendo sus cosicas de estrellas, que a saber qué serán. La Maga accedió a acompañarme en el bestialismo y a participar levemente, sólo levemente de él, aunque con la promesa de basicotear de lo lindo si la hazaña se produjera. A todo esto, ajena a estos menesteres, Medio Rubia abría sucursales de sí misma en el Gregorio Marañón y paría literalmente mientras nosotras abríamos las gargantas en canal acompañadas de las chicas de la mecedora (LA ME-CE-DO-RA). Y pasando por alto que nos limpiaríamos cualquier parte pudenda con la bandera, hicimos un paréntesis entre tantos años de “somos super sensibles, ¿sabes?”, y disfrutamos de lo lindo de las pasiones más bajas, con una campana al fondo que no paraba de tañir y un Fray Liborio que cualquier día se pide una Ámbar. La última noche en la terraza de la Pepa no paramos de reirnos de nosotras mismas, pero a carcajada limpia, de la que da agujetas, de la que te hace parecer un cromagnon, de la que te reconcilia con la humanidad, que nada tiene de divina ni de poética, de la que te parte en dos, de la que SANA, SANA, CULITO DE RANA. De esa.

Para Benedetti y aledaños (no quedó títere con cabeza), Ana, Bellosta, Merche, Paloma, Maribel, el Pulpo Paul, el mejillón Llón, Elena, Susana, Perico Delgado (con dopping asegurado), la Pepa y su terraza, Iniesta y para todos los que salen a buscar sus cosicas lejos de sí mismos y acaban dándose cuenta de que las llevan encima. Y, sobre todo, para ti… ¡gansa, que eres una gansa! :-)



Parar

Tengo ganas de pensar, pero sin darme la vuelta como un calcetín. Tengo ganas de hacer, sin que se me amontonen las obligaciones. Tengo ganas de conocer, pero con tiempo para asimilar. Tengo ganas de crear pero con algún fin a medio plazo. Tengo ganas de que no amanezca, pero necesito el sol para recargarme. Y como no sé por donde empezar, voy a seguir un buen consejo y voy a empezar a tirar cosas. Pá fuera lo malo, pá dentro lo bueno. Sí, voy a parar… para darme después la caminata de mi vida.

Bueno, eso pienso hoy… A ver mañana…



He visto cosas más gore

Ayer vi una película francesa bastante bestia y no apta para furibundos amantes de Campanella, dicho sea sin ánimo de ofender, más bien de avisar si por eso de que es francesa se atreven a videarla. Se llama Martyrs y es de violencia gratuita, sangre, vísceras y todo tipo de torturas ini e imaginables. A mi me gustan las pelis gores. Me evitan tener que empatizar con el o la prota o el o la asesina, me activan la adrenalina sin necesidad de tener que pegarme la paliza de subir al K7 (¿o eso es un desengrasante?), me sacan totalmente de mi aburrida existencia (bueno, la mía es así, aburridina. Es que el rafting y yo…), me hace poner cara de asco y de fascinación a la vez (es complicado poner esas caras) y me hacen anhelar, (en pocas ocasiones, lo confieso, ya que los guiones suelen ser sota, caballo y Juanki)) tener los huevos de llevar a una pantalla lo que realmente pienso de algunas personas o situaciones. Fuera sutilezas, fuera reflexiones: vísceras al viento y a correr. Sí, a mi me gustan esas pelis. Y, claro, hay gente que piensa que estoy enferma y podrida, y, bueno, igual no andan muy desencaminados (mi chico me miraba ayer con cara de ‘deberías potar, por lo menos, hija la gran…’), pero no, yo expulso miasmas en muy contadísimas ocasiones porque mis abuelos eran pobres y en casa no se tira nada.

Y, claro, luego he visto el Telediario, ¿sabes? Un chaval negro paraplépijo por la paliza de un neo nazi mucho menos malo que un zombie, un tipo que ha matado a su piba a sangre fría gratuitamente, un mar lleno de mierda por la ambición sangrante de una petrolera, unos políticos riéndose las gracias en medio de una crisis furibunda, unas crías de quince años prostituyéndose en África repletitas todas de SIDA… Y, sí, ahí se me pone cara de mala hostia y de asco. Fuera el posible atisbo de fascinación. Qué quieren que les diga: la sangre que me fascina, al menos, es de pega.



Sociópata de mierda

Ayer alguien me llamó antipática porque no me gusta celebrar mi cumpleaños. No, no soy antipática: soy una sociópata de mierda, que no es lo mismo. Porque puedo ser simpatiquísima, la reina de la fiesta, pero siempre, siempre, voy a ser una sociópata de mierda. Y digo yo que a la gente por qué le molesta tanto que te moleste que te llamen por tu cumpleaños:

- ¡Hola! ¡Felicidades!

- Gracias

- ¿Qué? ¿Qué te han regalado?

- Nada. No lo celebro.

- Eres una antipática

- Pues si te lo parece no me vuelvas a llamar en la vida.

- Vale. Adiós.

Así que este año he decidio mini celebralo, para ver qué se siente. Pero, vaya, lo de la sociopatía no me lo va a quitar nadie. Que vaya constando en acta. ¿Qué acta? Y yo qué sé…



EL BOSQUE ECLÉCTICO

Dentro del bosque Ecléctico vive mucha gente. Unos son altos, otros más bajitos; unos tienen los ojos claros, otros los tienen negro azabache; unos tienen algo de mal genio, con otros da gusto conversar… En el bosque ecléctico viven todos ellos desde hace miles de años. ¿Qué preguntabas?…¡Ah! ¡Que cómo se llevan siendo tan distintos! Pues… regular, nada más, dependiendo del día. Claro que, antes era muchísimo peor.

Hace aproximadamente mil quinientos años hubo una guerra en el bosque. “Los que tienen los ojos azules” se enfadaron muchísimo con “Los que gritan mucho”. Los primeros estaban muy unidos por eso del color de los ojos y los segundos no se llevaban mal aunque se hablaran a gritos. Eso sí, peleando eran igual de fieros y de descerebrados. Poco a poco algunos de los grupos se fueron uniendo a uno u otro bando. En concreto “Los que discuten a la mínima” y “Los que se hacen los graciosos” se aliaron contra “Los que gritan mucho”, con lo cual éstos quedaron en seria desventaja. Otros grupos se mantuvieron neutrales porque no entendían que fuera para tanto pero, poco a poco, cada uno de ellos (siempre en bloque) fue tomando partido… ¡Y se armó!

Así estuvieron un año. El bosque daba una penita… Los heridos se amontonaban unos encima de otros, las familias lloraban la pérdida de algún ser querido, la comida escaseaba (claro, tanto lucha que te lucha…). Los Neutrales estaban hasta las narices del resto de los grupos pero decidieron, en vez de luchar, reunirlos a todos. ¿Cómo lo consiguieron? ¡Muy fácil! Llamaron a un miembro de “Los que gritan mucho” y le pidieron que llamara a gritos al resto de los grupos, pidiendo una tregua en nombre de los neutrales. Costó, no os creáis, costó lo suyo pero al final atendieron a razones y se reunieron todos en la cabaña de los Neutrales.

-          A ver, ¿se puede saber que os pasa?- dijo un Neutral.

-          ¡Nos molestan mucho “Los que tienen los ojos azules”!- dijo uno gritando.

-          ¿Por qué?- repuso el Neutral.

-          ¡Porque son diferentes!

-          ¡Ah, bonita razón, sí señor! ¿Y desde cuándo os molestan?

-          Desde que un día uno nos dijo que no gritáramos tanto y se empezó a pavonear echándonos en cara que éramos unos brutos y que él tenía mejores modales… ¡sólo porque sus ojos son azules!- explicó uno de “Los que gritan mucho”.

-          Ya veo, ya. A ver…¿Y los demás? ¿Por qué se han unido a esta lucha absurda?

-          Pues- dijo un miembro de “Los que llevan siempre chaquetas verdes”- Eh… Pues porque “Los que tienen los ojos azules” nos prometieron hablar con “Los que tienen la mejor sonrisa” para que dejaran de reírse de nuestras chaquetas si les ayudábamos.

-          ¡Hablar!-repuso el Neutral que dirigía la conversación- ¡Hablar!… decidme todos una cosa…¿Os habéis molestado alguna vez en hablar desde que este bosque se fundó? Hemos convivido en armonía pero separados. En cuanto algún miembro de un grupo se pone a hablar con otro… ¡Zas! ¿Todo porque somos diferentes? A ver, tú… ¿por qué llevas siempre una chaqueta verde?

-          No sé… porque es más cómodo, no tienes que pensar.

-          ¿Y tú…por qué gritas?

-          Pues… No sé… nadie me enseñó nunca a hablar bajito. Me crié con los de mi grupo desde que nací.

-          ¿Lo veis, pedazo de tarugos? ¡Os odiáis porque sí! ¡Porque sois diferentes y porque sois unos incultos!- exclamó enfadado el Neutral- Mañana mismo nos reuniremos todos para hablar… ¡Tarugos! ¡eso es lo que sois!

Dicho y hecho. Al día siguiente se reunieron todos y se dieron cuenta de que, en realidad y salvo que eran diferentes unos de otros, no había una razón poderosa para andar pensando todo el día en pelearse. A partir de entonces, si alguna persona tenía algo que decirle a otra, se lo decía y punto.

¿Y qué pasó? Pues que el bosque siguió siendo un crisol de caracteres, formas de vestir, de pensar… Pero los habitantes empezaron a relacionarse entre sí y nacieron niños con chaquetas verdes y ojos azules que, a su vez, tuvieron descendencia: niños y niñas rubios, con chaquetas verdes, algo gritones, con ojos azules, que, a veces discutían a la mínima y otras se hacían los graciosos.

¡Y hasta ahora! No es que los problemas hayan desaparecido pero, al menos, ya se respetan las diferencias y las divisiones han desaparecido. Todos tienen algo de los demás, que les une a ellos y les diferencia a la vez. ¿Que si siguen peleando? Pues sí, a veces. Ya sabéis: siempre hay algún tarugo que no tiene ganas de discutir y razonar… pero ese es otro cuento.

M

Pdata: Intentando desasnar a los enanos :-)



Malditos bastardos

Al subconciente hay que darle alas a través de la imaginación. Soltar sus cadenas y que sobrevuele por encima de las cabezas de la gente. Un subconsciente atrapado puede acabar con una persona en un diván de por vida, para alegría de los psicólogos que en el mundo han sido, son y serán. Todos los pensamiento impíos, impuros, han de salir por algún lado. Aunque se queden sólo en palabras, aunque dormiten de por vida encima de la barra de un bar, aunque sólo sean un desahogo que no va a ninguna parte.

Yo, que soy una persona pacífica, que no pacifista, siento, a veces, ganas de que la realidad pare de golpe, que se produzca una elipsis invisible donde se me permita, por ejemplo, arrancarle la cabellera a ciertos personajillos que pueblan el mundo. Y no hablo sólo de politicuchos y dictadores, de dueños de multinacionales, de directores de banco o de Florentino Pérez. No. Hablo de ese ser sin educación que escupe por la calle, de ese tarado anormal que te jode un concierto, de ese imbécil integral al volante de su coche, de ese funcionario abyecto que te hace perder una mañana por sus santos cojones opositores, de esa maruja que se cuela en el supermercado, de esa Jessi pegando gritos por la calle, de ese forero o forera que le pega patadas al diccionario… En fin, de esos pequeños hijos de la gran puta que te joden un día con sólo abrir su bocaza llena de dientes.

Pero tengo moral, o educación o como deseen llamarlo. Y también tengo imaginación. Cuando veo una ejecución en el telediario, miro hacia otro lado, horrorizada. Cuando veo Saw VI deleito mi subconsciente porque sé que eso es mentira. No me importa reconocer que dentro de mi habita una vengadora sociópata con ganas de desearles unas almorranas dolorosas y eternas a depende de qué personas. Y no me importa reconocerlo porque sé que por mucho que quiera no tengo superpoderes y sí educación. Ayer noche mi subconsciente se dedicó a patear a cuantos hablaban sin cesar en un concierto que me apetecía mucho ver. Mientras el cantante intentaba abrirse paso entre la algarabía general, yo me imaginaba con mi cuchillo-corta cabelleras haciendo una escabechina de no te menees. Lo mismo si se lo cuento a un psicólogo me encierra de por vida. Jamás utilizaré la violencia contra los demás. De mi subconsciente no respondo, de mi imaginación no reniego, de mi desahogo hago bandera. Tranquilos, esos borregos acartonados han ido hoy a currar tan tranquilamente.

¡Gracias, Tarantino!



A veces se va la luz

Después de una temporada de oscuridad relativa, no dramaticemos y guardemos el teatrito para cuando vengan peores, que siempre acaban viniendo, me encuentro inmersa en una viaje con calma chicha y vientos favorables. Mi nuevo curro va viento en popa y estoy descubriendo facetas de mi misma que me hacen sentirme bien conmigo y, por ende y rebote, con el resto del personal (bueno, no con todos, pero esa es otra historia). Pena que sólo vaya a durar mes y medio, suerte que lo tengo y, como dice Paterno, va al curriculum derechito y de cabeza. Pero, como no todo va a ser placidez, que luego nos agilipollamos en demasía, ayer se me fue la luz en casa. Lo digo por contar algo. Podría contar que voy y vuelvo todos los días a Alcalá de Henares, aunque en honor a la verdad la mayor parte de los idem me llevan o me recogen o ambos, pero aún no tengo ninguna anécdota que narrar salvo mis intentos fallidos de ser una cuentacuentos sin la temida improvisación (qué haría yo sin ella), la convicción ya sospechada de que en este país se lee poco, o las carreras con bebé de mes y medio, las merendolas en un coche, las conserjes con dudosa salubridad mental que viven en casitas de cristal y las amables bibliotecarias con cara de vivir solas. Cosas que o las vives in situ o no tienen gracia más que para los y las vividores/as de las mismas. Pero, vaya, estoy como unas castañuelas, he adelgazado un kilito y tengo las neuronas trabajando, mal pagadas, sí, pero trabajando.

Y ayer se me fue la luz. A ninguno de mis cuatro acompañantes pareció importarles, ni siquiera a mi, hasta que empezó a pasar un tiempo prudencial y empezamos a temer por las cervezas, ya calentorras, y por la posibilidad de un parto prematuro de Medio Rubia al intentar alcanzar el aseo por las escaleras desvencijadas y colgantes de Denostada (mi vieja casa alquilada). Ésta y Esposo se largaron cual cobardicas embarazados, que también es comprensible, dejándonos a Petite Esther y Dueño (de Esther, el dueño de mi casa no estaba invitado) en la más absoluta oscuridad. Como quiera que el invento de Edison no aparecía en forma de nevera que enfría, busqué una factura de la luz en los altillos del hogar, móvil en mano, y me dispuse a telefonear a los señores que arreglan estas cosas. No way. Comunicando. El fijo, don´t ask me why, cesó de funcionar cual en película preadolescente americana, asi que, a tientas, y esperando la pronta visita de algún psicópata, marqué un número que previamente Palomo, antes citado, consiguió tras llamar al número ese de los Pelochos asquerosos de la tele. En dichos dígitos apareció la voz de una señora enlatada que me pedía cosas inviables, no tanto por la falta de luminaria, que también, como por su propia estulticia de robot, a lo que yo contestaba con ‘no sés’ cada vez más desesperados. Media hora más tarde era Palomo el que le gritaba a una máquina tonta y construida con el único fin de envenenar la sangre de habitantes a oscuras. Cuando ya estaba empezando a arrancarme los brackets (por cierto, se me cayó un hierro o algún objeto no identificado que porto en la bucal. A ver qué dice mi dentista, esa mujer) la luz retornó sin excusa alguna, sin un ‘perdón, me he ido sin avisar’ y, lo peor, sin haber podido hablar con una voz humana en hora y media que me tranquilizara y me asegurara que no iba a volver a la caverna. Aliviados y desconcertados por tamaño rato, ingerimos cuatro litros y medio de Mahou y nos pusimos a jugar con el Spotify a comprobar quién era más hortera de los tres. Las claras del día nos dieron. Las claras, no las oscuras. Curioso.



Semana de pasión (para los laicos)

Atea como soy y un poco sociópata, me quedo en la Villa para huir de los exorcismos patrios en cualquiera de nuestras Comunidades Autónomas, sin olvidarme que en MadriZ, señores, somos más capillitas que los propios costaleros de la Cofradía sevillana de, por ejemplo, el santo niño del dedo gordo del pié de derecho de Longinos, el cual re- mató a Jesucristo pa que no sufriera más, con la consecuente apertura de cielos y destrucción  del templo. Que soy anticlerical pero los libros fantásticos siempre me han gustado y la Biblia y testamentos posteriores, como sarta de hechos inventados y manipulados, fueron uno de mis best sellers de juventud. No basta con poner la tele y recrearse en la duodécima reposición de ‘Quo vadis’ o en las procesiones televisadas de la 2 (cadena que pago/pagamos ateos y cofrades a una) sino que el jueves quedo con unos familiares y me encuentro con una panda de ku kus klaneros cortándome el paso con el suyo, apadrinados por la Policia Nacional y rodeados de una maraña de fervientes con cara de ‘por mis cojones no pasas por aquí o te meto la cruz por el sorete, zorra’. Muy religioso, diga usté que sí, señorona. Pues nada, pseudo enfrentamiento con la Ley, cara de niña del exorcista y una indigestión de tres pares de cojones. Sí, porque las hostias se iban a tornar en carne y hueso a la primera de cambio. Y ellos eran más. Muchos más.

Y hoy tenía yo ganas de darme un paseíto con idea que de que al ser sábado santo se respetaba el sueño del caballero crucificado (pa mi que cuando yo era pequeña los sábados se quedaban en casita velando al muerto) y no. Han vuelto a cortar el centro, cojones. De hecho iba a llevar a una amiguita de siete años a que le diera el aire, pero tal y como están los sacerdotes… nos quedamos en casa, no sea que me la violen.

¡¡Por una Semana Laica…ya!! ¡¡Arriba las torrijas, abajo los cofrades!!



Psicología

Mi padre es psicólogo. Bueno, entre otras cosas, que a él le hubiera gustado ser un Leonardo del siglo XX.  Como me ha criado un psicólogo no creo mucho en ellos. El herrero con cuchara de palo , ya saben. Llevo toda mi vida sin ir a psicólogos hasta hace cuatro años. Y me fue bien. Pero no me tuvieron toda la vida tumbada en un diván. No. No tengo paciencia. Freud tiene su cosa pero yo no tengo tiempo. Ni paciencia. Ni dinero. Sin embargo, creo que necesito un psicólogo.  Relájense, no hablo de mi padre (Edipo, bla, bla, bla…). Hablo de alguien que no me haga perder el tiempo ni el dinero ni la paciencia. Alguien que me extirpe el tumor y me hable de una quimio rápida. Hace cuatro años lo encontré.

Les iré informando…



El traje nuevo de emperador

Esta vida loca, loca, loca que me acompaña últimamente (y digo acompaña, porque me he limitado, por un espacio de tiempo aún no decidido, a no tomar riendas, sólo a cabalgar a donde me lleven… el caso es no darle demasiadas vueltas a la poquita sustancia gris que mi curro me deja en las cavidades cerebrales) me ha llevado a reencontarme con mi cuento favorito. Hay que tener muchos arrestos para gritar: ¡va desnudo! y las consecuencias no suelen ser tan benévolas como en el cuento de Andersen, autor que leí de chica y que me enamoró tanto como me asqueó. Que a una cría le corten los pies por no haberse ocupado de su abuela (¿dónde están los servicios sociales cuando relamente se les necesita?) no me parecía ni medio normal, pero que un chaval se diera cuenta de que su vanidoso rey iba en porreta picada me fascinó.

Las veces que se me ha ocurrido poner espejos delante de la gente (no lo hagáis. Tendréis muchos amigos cibernéticos pero beberéis solos… si no os importa, adelante) me han dado con el espejo en la cabeza. y, ¿sabéis? han hecho bien, porque todos, más o menos, sabemos cuando vamos en pelotas, cuando nos queremos creer una mentira, incluso una verdad… que nos dejen en paz, vaya. Y la gente que no se da cuenta… ¿qué ganamos o gana ella con decírselo? (también les digo que es mejor alejarse de depende de qué personas o incluso, cosas. Por ejemplo, está feo fumar porros y esas cosas, y más feo es ser el desahogo de los ignorantes ‘nudistas de por vida’ que en el mundo han sido. Sí, son mejores los porros. Por lo menos te ríes).

Ahora me toca explicarles a unos chavales en un taller de lectura que el niño tenía razón, que el rey iba desnudo y que no le pasó nada por decirlo. Que hay que ser sinceros, que hay que decir la verdad, que hay que ser la cabeza de turco impertinente y molesta cual mosca cojonera, que hay que ponerle espejos a la gente y que, por lo tanto, cuando alguien nos diga que los que vamos desnudos somos nosotros, hay que apechugar, pensar, cambiar, mejorar… ¿Nos lo dioga quién nos lo diga? Eh… no, claro… si los que nos lo dicen van desnudos… ¡Pues el que llegue primero!

Pobres chavales. Creo que deberíamos tratar mejor algún cuento de Lucía Etxevarría, que no dice nunca nada pero es más entretenida. ¿Esta mujer escribe cuentos?