Esto es claramente falta de fe…

Cuando piensas que tu odio a la humanidad ha llegado a su límite, llega un gilipollas  y te abre la buhardilla.

Madame M



Bionegocio

Lo volví a hacer, piqué de nuevo, me autoengañé, donde dije digo digo ‘bueno, venga, voy’… y volví a decir lo mismo que suelo decir cada vez que salgo exclamando, a gritos, odas improvisadas al glutamato. ¡Bajen la calefacción, coño, así ahorraremos energía y euros al no tener que depositar el abrigo en el guardaropa! No, no, esas gafas no pueden devolver la vista por mucho que se empeñen (Guitarrista hizo mofa del asunto gritando: ‘veo, veo’ mientras la estafadora le clavaba sus propios oculares, sanos, espero, por el bien del negocio, más que nada). ¿Por qué este incienso es ecológico y más caro que el que compro en el bazar si parece el mismo, huele al mismo, su caja es la misma? ¿Por qué? Mira, mira a los biológicos/ecológicos en cautividad… ¡Son iguales los unos a los otros! ¡Y llevan un carro ecológico para hacer la compra!… ¡Ah, que son funcionarios! Bueno, vale. Pueden pagar estas cosas tan desorbitadas. No, no quiero tofu… ¿No tiene jamón? Es que he pagado seis leus y tengo hambre… ¡Ah, que ayune! Claro, perdone, se me olvidó donde estaba. Usted me disculpe. No, gracias, no quiero algas, no me gustan. No. ¡Qué no, coño! Anda, biodanza en la sala dos… ¿Que me quite los calcetines? Que no, que yo vengo de miranda… ¡Ah, que es interactivo! No, gracias, dejé la danza hace ya… ¡que no! ¡que le he dicho que no! ¡A LA MIERDA!

 

No vuelvo más a Biocultura. Lo juro.



Mentiras y gordas

Me gusta la literatura y suelo echar unas lagrimitas siempre que veo ‘Big Bish’. Me leí el Quijote obligada por Paterno a la tierna edad de 12 añitos (abreviado, sí, pero con sus molinos, su Marcela, su bálsamo y demás avíos), incluso lagrimeo cuando Leonardo pasa a mejor vida en medio el Atlántico. Voy a Museos (antes iba más) y disfruto de una buena conversación con gente sensible (si hay Ribera por medio, disfruto más aún). Me arranco los padrastros y me arranco el pelo desde pequeñita (los nervios, ¿saben?) pero mas allá de eso no me suelo automutilar (no soy un personaje de Lars Von Trier). Sé decir cosas, a veces, mínimamente inteligibles y, aunque me cargue un poco, leo a Benedetti y a Machado (sobre todo a éste último).

También me gustan los zombies. Mucho. Y las pelis en las que sale mucha sangre, aunque luego no soporto las agujas ni en mi, ni en el Vaquilla ni en, por ejemplo, tu brazo. Pero en las pelis, sí. Y me encanta explorar la mente perversa de los guionistas y me gustaría ser tan cabronaza como algunos de ellos. Y no me importa que salga un brazo volando o una sierra eléctrica rebane una pantorrilla. No. Es más, me mola, me pone, me da gustirrinín, cosica… Pero luego me asusto con la niña  del exorcista o con Samara, que mira que es mala malísima… Como la peli de Ángeles González Sinde (no, no pagué por ella) llamada ‘Mentiras y Gordas’, destinada al público adolescente (sí, a veces pienso que tengo quince años…¡ay!) y cuya frase más memorable es : ‘méteme los dedos, chúpame las tetas’, y donde la juventud se mete rayas everytime, pero every, every mientras follan en el baño del bar (sí, a la vez… inquietante, ¿verdad?). Pero va la Sinde, guionista de esta maravilla cinematográfica y dice que Saw IV es ‘X’ y que si queremos verla, bastardos enfermos, que es que somos lo peor, psicópatas en potencia, que vayamos a un cine ‘X’ todos juntos y a ver si con un poco de suerte nos prenden fuego. Señora mía: el gore es irreal. Lo suyo, realmente, es estúpido.



Paletos ignorantes

Me habéis llamado puta, asesina de niños, me habéis matado en nombre de dios cien mil veces, habéis quemado los libros que me gustaría leer, me habéis cosificado conviertiéndome en la esclava de mi marido, siendo servil, analfabeta, humillada y casta, madre de los hijos que dios quiera que para aunque no tenga para mantenerlos, objeto de burlas a causa de un pensamiento propio, zorra blasfema, mujer marcada por culpa de un pecado de mentira, impura, objeto, atea, bruja…

No he visto ‘Ágora’, aún, pero ya he leido/sufrido las reacciones de los de siempre (nada cinematográficas) y aunque no me gusta creer sin ver (¡coño, como Pablete!) y, sí, soy puta (¡coño, como la Magda!) digo, y me vais a permitir que sea desde la ignorancia (¡coño, como ellos!) que todos los católicos de misa y escapulario, rancios, obtusos, oscuros, cerrados, brunos y horribles sois unos paletos ignorantes.

Creo, sólo creo, que con esto finiquito mis terapeúticos (para mi) post de protesta.  Creo, digo, y como creencia que es, y no facto demostrable, también es cambiante. Aviso.



Pasar por el aro

Ser Quijote o ser Sancho. Acabar en el frenopático o pasar por la vida de escudero de los pirados. O, peor, pasar la vida de escudero de los escuderos. Eres una impulsiva, te salen granos en la piel, no paras de contradecirte, donde dices ‘Digo’ acabas de decir ‘Diego’, eres una radical de mierda, te va a salir una úlcera de estómago, eso que ves, querida Madame, no son gigantes, son simples molinos castellanos, de los de toda la vida… Pasa por el aro, pasa por el aro, pasa por el aro. Aquí te esperamos llenos de risas. Que la vida son dos días. Abre la botella. Olvida. Pasa por el aro. Dios no existe: relájate. No luches contra la sociedad aunque apeste. Ponte tu mejor perfume, entra en una Iglesia, no dejes en evidencia a los escuderos, no tienes derecho a hacerlo. Guarda la tripa para los chorizos. Brindemos porque somos gente feliz. No nos amargues la vida con tus estupideces, con tu mal humor, con tus salidas de tono. Bébete la horchata que hay en tus venas. Trago a trago: tranquila, es sustituible. La sangre no, así que guárdala para ti. Pasa por el aro. Te estamos esperando.



Favores

¿Hay algo peor que deber un favor? Sí, que alguien piense que te lo debe y se dedique a intentar pagártelo a dosis lentas, pequeñas y acompañadas de su compañía. Cómo no me vas a escuchar si una vez me hiciste un favor enorme, cómo es que ya no me quieres si un día me hiciste un regalo de la hostia, cómo es posible que no quieras tomar un café en mi compañia si un día dejaste un plan a un lado para escuchar mis cuitas, cómo es que ahora pones mala cara cuando me ves si un día me dijiste que te alegrabas de que fuésemos amigos… ¡Porque realmente no te conocía, coño!



Reencuéntrese con el Cromañón que lleva dentro

 

En esta época en que todos buscamos la luz e Iberdrola lo agradece, es preciso recuperar a los ancestros. Y al decir ‘ancestro’ me refiero al Cromañón, ese ser del que provenimos todos, hagamos yoga o no, utilicemos piedra de alumbre o no, nos psicoanalicemos o no, comamos sin pesticidas o no, viajemos a la India o no.

Nos dicen que nos busquemos el alma constantemente, que somos pedazos de Big Bang (o banda de Jazz cósmica), que nos deshumanizamos poco a poco, que levitemos… Bien. Nos buscamos cerca del Taj Mahal, cuando, que se sepa, pasamos la mayor parte del año con nosotros mismos, en nuestras casas. Meditamos para relajarnos en busca de nuestro ser interior. Y, ese ser, no es más que el Cromañón. Un tipo sucio y peludo, celoso, agresivo, ignorante, que busca en la luna la esencia de algo que no sabe que se llama alma, o Buda, o Cristo o la madre que los parió a todos.

El Cromañón, por otro lado, es un tipo simpático, que gruñe pero tiene su corazoncito (más que nada porque si no, no podría vivir). El Cromañón tiene pelos en sitios insospechados (bueno, todos sabemos donde están los pelos, más que nada porque nos los quitamos). El Cromañón se tira un pedo y le huele bien. El suyo, claro. El del vecino le apesta y le monta un pollo de padre muy señor mío. El Cromañón siente celos cuando alguien mira a su pareja y le da con un hueso de mamut en la cabeza. Así… ¡zaca! El Cromañón se pone tonto con un trozo de venado y celebra una fiesta con cerveza fermentada en una vasija de barro. Se mete en la cueva cuando hace frío y, si no hace mucho calor, sale a cazar. Si el calor es insoportable se queda en la cueva y que cace Rita. El Cromañón se cabrea cuando lleva días comiendo raíces porque, aunque no se estriñe, las raíces no saben a nada. 

La mujer cromañón cuida de fuego mientras el pariente, si no hace mucho calor o mucho frío, persigue a un mamut para cenar. Si el fuego se apaga le da un telele. Por eso a las mujeres de hoy nos encantan las velas y a los tíos se la suda. No era su labor, por lo tanto, pon las velitas tú, churri. Sin embargo, ponle a un tío de hoy un filete de vaca, vuelta y vuelta… Y luego ponle una ensalada y dile que elija. Sí, pobre vaca. La ha cagado. 

Buscamos a nuestro ser interior y cuando nos encontramos con el Cromañón lo ignoramos, no nos gusta. Tiene pelos y es feo. Gruñe y tiene un hueso de mamut en la mano. Pero, por mucho que nos hagamos ayurvédicos o pretendamos ver nuestro futuro en el iris de nuestros oculares, hasta que no nos reconciliemos con el Cromañón que llevamos dentro vamos a seguir viajando a Bangladesh para nada.

 

Evidentemente hemos avanzado. Nos parecemos más o menos al Cromañón que llevamos dentro y, a estas alturas, hay que negociar con él, claro. Oler a bosta está feo, gritar por la calle también, no podemos liarnos a huesazos a la primera de cambio, seguimos buscando dioses hasta en la sopa… Cuando el Cromañón lucha por salir de la cueva hay que ponerle límites, pero para eso, hay que conocerlo y quererlo un poquito. 

La deshumanización de la que nos hablan no es más que la renuncia al Cromañón. A veces pienso que el día que lo matemos del todo nos convertiremos en esos seres de luz que buscamos en el yoga, en los mantras, en los chacras, en las meditaciones y, sí, echaremos a volar como libélulas y algún Cromañón nos aplastará de lleno, gruñendo y cagándose en todo porque la luz no se come. Pero se paga.



Sevilla

Recién llegada de Hispalis, sin haber visto, afortunadamente a los cantores de los cojones, debo deciros que Sevilla es una ciudad preciosa, donde no hace nada de frío y que tiene un olor especial, de vez en cuando, a bosta de caballo. Y es que los pobres equinos transportan guiris y patrios dejando a su paso alfombrada la Gran Vía, digo, el Parque de María Luisa. La Giralda es una pasada, manteniéndose erguida por encima de la estupidez cristiana, que aunque la Catedral es fastuosa a mí me va más lo moruno (pinchos incluidos). 8 lerus, eso sí, con un porcentaje para los exorcistas, por subir al campanario adosao de una de las torres más bonitas que han visto estos miopes acais. Decidimos pasar de los 50 lerus que nos querían cobrar los cocheros por pasearnos y nos alquilamos unas bicis municipales mucho más económicas y más dinámicas, si desperdicios bostiles, y nos hicimos unas rutas estupendas a 40 grados a la sombra. No, no he adelgazado, maldita sea, pero tengo nos gemelos que ríase usté de los de la Jolie, y sí, hablo de sus vástagos, no así de sus piernas. Aconséjoles huyan de la parte guiri (y eso que nuestro hotel estaba allí. Barato, por cierto y kitch a más no poder) a la hora de comer. Guirilandia Achicharrada degustaba unas paellas que ríete tú de a Gripe A. Inmunizados quedaron, creemos. Se recomienda el barrio de Santa Cruz y un garito recién aperturizado donde venden aceites de oliva en todas sus acepciones y huyen de vírgenes, porque sí, vírgenes hay para dar y tomar, hasta 11.000, de cartón piedra, se entiende, no conozco yo la edad de desflore de las andaluzas. Y así todo el día, pá cá y pá pá llá, qué dura es la vida del turista, hete aquí que vimos a través de la cristalera de un restaurante repleto de tenedores de los que te da la guía Michelín, al mismísimo Pau Gasol. Henchida de emoción, obligué a Pepa, mi compañera de viaje, a esperar al mozo en la única mesa de un cutre bar lleno santos, con la intención de desmayarme ante él or something similar, pero un camarero del restaurante Tenedor, oliéndose la jugada, nos advirtió de que se acababa de pedir una copa (Pau, no él) y tardaría en salir, pero que, vaya, que por él como si sacábamos la cama Restform y la abríamos en medio de la calle.. Total, nos fuimos, que ya tenemos una edad para la mitomanía.

Y así transcurrieron los tres días de nuestra estancia en Betis, a las orillas del Guadalquivir, a la vera de la Plaza de España, curioso y bello pastiche, a la sombra (bueno, sombra…) de la Torre del Oro. Ciudad recomendable para ciclistas (búsquense la vida, no obstante entre el tranvía, los guiris, lo foráneos, los coches de caballos y los de caballos, pero de otra índole). Recomendable enclave para visitar… en invierno. ¡Ozú, qué caló!



Migraciones

Estoy planteándome la posibilidad pero superhipermega fuertemente, ¿sabes? de cambiarme a blogger o algo, porque los enlaces de esta página desde otras (que tampoco tengo yo el Guiness de enlaces) no funcionan desde que blog migró a no se sabe muy bien dónde, y probablemente dos o tres personas no sepan que aún sigo aquí, resistiendo, a no ser que copien entera la dirección del blog, cosa coñazo, sépolo y que no van a hacer. Así que me siento sola en el ciberespacio, aunque no en la vida real, que este verano estoy conociendo a gente nueva a tutiplén, ya que abandoné el ostracismo al que me autosometí. Huí de bitácoras, y cuando todo dios se fue a Blogger, me hice la gafapasta y la alternativa y yo me fuí a Blog. Por llevar la contraria. Y, claro, ahota te jodes, maja. Me lo pensaré en Sevilla, mientras me confunden con un mimo de esos sin saber que, en realidad, me ha dado un golpe de calor y me he quedado amojamá. Supongo que cuando empiece a parecer un personaje de Sam Reimi alguien me repatriará. O no. Que la gente tié mu mala leche.



Volver… o no

Pues, sí. He decidido acabar con todo, con este mundo cruel y mezquino que tantas veces me las ha hecho pasar putas; con esta incertidumbre laboral que me quita el sueño desde los 24 años de edad; con todas las preguntas que se agolpan, en plan lista de portero de discoteca, sin respuesta; con las vicisitudes de una vida que nadie me preguntó si quería vivir… Vamos, que me voy tres días a Sevilla… ¡En Agosto! Soy una suicida.